Las primeras fiebres me hicieron soñar un dragón naranja en el mar, parecido a un incendio monumental sobre el agua, y tan grande que, aún agazapado como un gato en un techo mirando pasar el tiempo con los ojos pequeños, sus dedos rascaban el fondo y sus manos sobresalían como islas. Yo iba solo en el barco y me detenía frente a él, lo suficientemente cerca como para saber que si avanzaba un poco más su voz podía destrozarme. Frente a mí, llenaba todo el horizonte, mientras atrás quedaba una línea monótona de agua desierta, la imagen perfecta de mi viaje y origen. Recuerdo que oyéndolo hablar pensaba en vientos dibujados en los bordes de los mapas, en estrellas como joyas engastadas dentro de cráneos de dioses muertos, en gigantes reacomodándose el mundo en los hombros: cada tanto el sonido de un trueno agitaba el mar, sacudiendo mi barco, pero fue hasta más tarde que entendí que el dragón se afilaba las uñas contra las piedras del fondo. No recuerdo de qué hablamos. Estoy tan poco seguro de haber dicho algo que creo que el dragón fue el único en hablar, pero recuerdo el calor creciente que parecía el resultado de su aliento, de su cercanía, e incluso del mar agitado. Al día siguiente del sueño tuve que lidiar con la persistencia de su imagen en los ojos, como si de verdad hubieran quedado deslumbrados al mirar un incendio de horizonte a horizonte. Pude oír entre los demás tripulantes rumores de imágenes brillantes a lo lejos y, aunque nadie lo admitiera, estoy seguro de que todos tuvimos un sueño parecido, cosa que todos descubrieron también en silencio. ¿Le impondría diferencias la fiebre a la parte del sueño que me correspondió o sólo era ingenuidad mía creer que en semejante viaje es la fiebre la única capaz de dar esos sueños? Por un momento temí que fueran los pensamientos del mismo dragón, que de tan grande no podía evitar que tuvieran un efecto directo sobre el mundo.
Cinco días después, sin fuego en los ojos, como pude comprobar con los libros, todavía se escuchaban fragmentos de conversaciones sobre brillos en el horizonte. La tarde del quinto día, desde cubierta, vimos que ya no eran imaginaciones. Detuvimos máquinas y respiración pensando que el dragón nos esperaba y que ya no contábamos con la sabiduría de los sueños que nos dijera la distancia exacta para no morir. Una noche de discusiones decidió que seguiríamos el viaje a pesar del miedo más inmediato y que, dependiendo de las temperaturas o el comportamiento del mar, podíamos reconsiderar las cosas más tarde. A medida que avanzábamos, el horizonte se convertía en una aurora oriental monstruosa que nos obligaba a buscar o suponer en el aire el olor de un bosque mítico ardiendo eternamente, y cuando llegamos al gran mural que cierra el mundo habíamos pasado ya por todos los estados de miedo que conocíamos o alguna vez habíamos oído contar. El dragón nos esperaba, claro, pero, también claro, no se trataba del que habíamos soñado sino de un mosaico imposible que lo representaba, no precisamente agazapado en el agua sino nadando de sur a norte, con el cuerpo ondeando dentro y fuera del mar sin que se llegaran a ver su cabeza o el final de su cola.
Aún estábamos a cierta distancia y nos era posible ver el cielo por encima de la pared, blanco de nubes pero coloreado hacia el cenit con el brillo de oro y rojo de las escamas, como un ocaso perdido. Al acercarnos todavía más, desapareció ese cielo de nuestra vista, y la mitad de la bóveda que ocupaba quedó llena con el muro, que parecía curvarse hacia nosotros, a punto de desplomarse. A ciertas horas del día su sombra nos sumía en la noche, aunque el dragón seguía brillando como una constelación intrincada y minuciosa que volvía infantiles los ejercicios de vinculación de las demás estrellas. El rumor del oro quiso animar a la tripulación; extrañamente nunca vi entusiasmo verdadero en ninguna mirada. Un marinero en proa me contó una noche, con la cara iluminada, la historia de un naufragio solitario en una isla diminuta, pero en el lugar en que nos encontrábamos no pude evitar la sensación de que había algo obsceno en esa idea. Debo admitir que todo acto cobraba sentido en su insignificancia: casi nos dolía parpadear, porque cada uno de esos movimientos nos repetía lo mismo: “nada, nada, nada”. Ante las circunstancias, es posible que al final la enfermedad me haya salvado la vida. Días de fiebre y debilidad habían agudizado mis sentidos, de manera que la hiperestesia que luego afligiría a todos, tripulantes y pasajeros, sólo parecía una consecuencia normal. Casi todos cayeron en el silencio y la quietud. Unos pocos, incluyendo al de la historia de la isla, trataron de salvarse contando cuentos. Queriendo ser consecuente me uní a ellos, aportando la narración de mis sueños de fiebre, pero sin mencionar nunca al dragón, aunque necesidad no había.
Después de una semana comenzaron a desaparecer hombres. El capitán, sin decir palabra y con la mirada perdida, dirigió una expedición hasta el muro. Allí encontramos, después de seguir por un largo trecho muy cerca él (el barco era ya una mancha gris a lo lejos y cada uno de los fragmentos que componían el mosaico sobresalía sobre nuestras cabezas como montañas de un paisaje rocoso y desértico perpendicular), un túnel oscuro, triangular, disimulado a la sombra de una escama. Desde la entrada se podía ver en el fondo un punto diminuto de luz, una impresión apenas, sin brillo. Todos se internaron y sólo yo y el marinero cuentacuentos nos quedamos atrás en la balsa, donde esperamos por horas hasta que decidimos volver al barco para contar a los demás lo que había pasado. No éramos muchos ya y ninguno se mostró interesado en seguir sus pasos o esperar noticias suyas. Yo mismo, habiendo visto el fin, no le encontraba sentido a cruzarlo para descubrir cómo o dónde empezaba todo otra vez, o qué iluminaba al otro lado un sol sin ganas, cuando el sol del lado de acá brillaba sobre un mundo que no era nada. “Nada, nada”, dijeron las olas y el murmullo del barco al alejarnos.
martes, junio 19, 2007
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2 comentarios:
Debo admitir que es difícil comentar-te... quisiera decir cosas más inteligentes o palabras más dulces, pero a la vez temo pasar por tonta en el intento o caer en el intento de plagio... porque a veces me gusta creer que lo que cuentas me lo cuentas a mí, o mejor aún (¿o peor?) siento como si fueran mis sueños que tu los narras tan bien, como quien encargara una pintura. En fin, me transportas. Gracias por eso.
gracias por la presencia. aunque no parezca motivo de alegría, me alegra saber que alguien se sueña las mismas angustias.
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