lunes, abril 21, 2008

La mujer que afinaba cellos

Casi no me acuerdo de su cara, y eso que tuve todas las oportunidades, ángulos, distancias y distracciones para verla, faltándome sólo desde adentro.
Esta es una lista de algunas cosas que recuerdo de ella, o sea, esta es ella para mí tal como ahora puede ser:

El gorro de lana que tenía el primer día que la ví (durante el cual no fue más que la niña del gorro).
El cabello verde que nunca supe que se cortara o peinara (quería parecer un árbol).
Unos pies pequeñitos.
Unos fragmentos de voz.
Algunas palabras (por alguna razón no puedo hacer que la voz y las palabras se conjuguen en un recuerdo).
Un cuarto lleno de gatos (cinco en realidad, pero no se necesitan más para llenar un cuarto pequeño).
Un cello en el clóset.
La nieve.

Pensándolo hoy, es muy rara la manera en que construimos nuestros propios mostros con despojos de memoria y eso nos basta para quererlos.

viernes, abril 18, 2008

Ascending

Hay escalera. Hay una escalera, y sube (para mí). Es verde o parece verde o se ve. Yo la veo verde pero, cuando me fijo, ni las paredes ni el suelo y mucho menos el techo son verdes, y la puerta es lindamente café, pintada no hace mucho, esmaltada y con gotas de una mala mano. Tiene luz, es recta y alta, la escalera. No sé cuánto llevo subiéndola cuando los escalones ya son piedras apiladas cubiertas de musgo. Ahora sí es verde de veras. Llego a otra puerta. Al fin, pienso, pero no tengo ni idea de al fin qué, qué hay al otro lado, dizque arriba. Pero no es arriba. Al abrir la puerta hay un tramo como de tres escalones gordos, con piedras perezosas acomodadas con pereza, y al final otra puerta, también de madera como las de antes, pero vieja, con tablas agrisadas por el tiempo y las vetas renegridas y profundas. Subo, abro. Otros tres escalones y otra puerta. La historia comienza a repetirse a partir de allí. Es incómodo abrir las puertas porque toca retroceder para darles espacio.

jueves, abril 17, 2008

¡Barsoom!

La puerta del baño tiene las llaves colgadas de un gancho plástico. Adentro espera la mosca, encerrada desde ayer, drogada con una sobredosis del ambientador que se derrite pegado a la toma. El jefe sufre del corazón desde un susto que tuvo hace años (al parecer antes todo iba bien) y el médico le dijo que evitara todos esos perfúmenes que podían alterarle la tensión. Siendo parte de una generación educada con mano algo fuerte tal vez habría sido mejor que el médico no le dijera sino que le ordenara, buena forma de que la receta se fije en la memoria y no se resbale contra una superficie encallecida por el tiempo y el orgullo de macho. Aunque cabe la posibilidad de que no sea cuestión de olvido y todas las mañanas, recordando la tristeza que por una razón u otra no ha podido perder en los últimos veinte años, entre al baño a respirar hondo frente al espejo salpicado, sintiendo cómo la sangre sube a su cabeza a la par que la lavanda reconcentrada traza el arbolito bocabajo de sus pulmones, queriendo morirse sin llorar y sin ser visto, sólo extrañado, mientras la mosca lo mira atontada. Más tarde, igual de tonta, me mira. Si quisiera podría aplastarla, así de lenta está. En cambio la dejo salir para que se dé en la cabeza contra el vidrio que divide la oficina, el que tiene el letrero dorado de GERENCIA. Mientras trabajo, presiono una letra por cada golpe con que ella insiste. Tal vez necesite todo el enjambre si alguna vez aspiro a una novela. Tal vez los campos de lavanda no tienen nada que ver con el jefe sino que vienen por mí y mientras tanto se ejercitan con bichos más pequeños, dejándome acumular mareo en los oídos y la nariz, sólo por estar a dos metros del baño. Cuando decido salir a respirar, así sea para disipar las malas paranoias, me doy de frente contra la puerta de vidrio, más rápido o más lento que yo mismo y naufragando en descoordinación, dándome tiempo de ver al búho blanco y negro de cerámica que vigila la entrada cuando estira el cuello, que no creí que tuviera, y se traga de un solo estirón a la mosca en el momento en que la pobre planea escapar aprovechando mi salida. Antes de morir alcanza a gritar: “¡Barsoom!"

jueves, noviembre 22, 2007

'Piedad: Nos echaron'

Junto a la torpeza ruidosa de Chávez cualquiera se ve bien. Son tiempos muy convenientes para ser el presidente del país de al lado.

martes, noviembre 20, 2007

5:15

Toda mi vida ha sido vivida por otra persona, en otra parte. La siento irse, hacerse cada vez más tenue; no voy a preguntar.

miércoles, octubre 03, 2007

tan solo somos puntos punto los puntos que aguardan a alguien que les corresponda sus ies coma los puntos suspensivos de una duda o una espera punto la menor marca y la menos comprometida coma el accidente de un lápiz que cae punto puros alientos silenciosos dándole sentido a las frases de otros punto

domingo, agosto 12, 2007

Vidaliana

Hay guantes —y por alguna razón suelen ser los rojos, velludos por fibras de lana— que tienen la costumbre de vestirse una mano cuando sufren de frío. Al parecer no son las únicas prendas con esas tendencias, y cuando los fríos de abril se condensan en gotas, las casas con problemas de calefacción se vuelven una enciclopedia menor de fantasmagorías bufas. Las molestias que causen pueden siempre resolverse con una buena charla y algunas garantías intercambiadas, pero, y vuelvo a los guantes rojos y despeinados, en casos como este parece persistir, por encima de todo acuerdo, una malicia sonriente que los mantiene en su juego. Por eso no hay que sorprenderse más de la cuenta al toparse con un guante inflado y cómodo, como si a alguien (que bien podría ser uno mismo) se le hubiera olvidado sacar la mano al quitárselo. La sorpresa de las personas los divierte y con ello se alimenta el ego dactiliforme de los guantes rojos y felpudos, lo que llevaría, inevitablemente y con el tiempo, a su emancipación, cosa que no aceptaremos por lo menos hasta dentro de un par de meses, y con posibilidades de reconsideración cada noche y hacia el final del año. De modo que si se topa usted con su guante rellenito y cómodo, esperando sobre una mesa, no se asuste ni piense que alguien o algo lo viste mientras usted se descuida; tan sólo sacúdalo un poco, acompañando el movimiento con una o dos reconvenciones, evitando eso sí, dentro del más de sus posibilidades, llegar a creer que cinco protuberancias piensan más que una.