La Esfinge: ¿Cuál es el animal que camina en cuatro patas en la mañana, en dos al mediodía y en tres al atardecer?
Edipo: ¡LA VINCHUCA!
martes, abril 21, 2009
lunes, abril 20, 2009
First Life
Hace un par de años traduje una conversación de chat. Un hombre y una mujer especulaban quién y cómo le había hecho llegar al novio de ella (o esposo, ve tu a saber) un mail del otro, escrito en quién sabe qué términos, pero del tipo que provoca disgustos, sobre todo a los espíritus paranoicos. Si hubieran sido algo más que amigos la conversación sería distinta, pero su preocupación dejaba claro que no había espacio para coqueteo o seducción. Durante cuatro páginas se preguntaron una y otra vez lo mismo, como en cuatro o cinco sesiones por tres días, sin llegar a ninguna conclusión ni a encontrar otra solución que explicarle todo al de los celos. Al final no supe quién había sido, a pesar de la sospecha más bien firme de ella. Fin.
Así son nuestras historias de este lado del papel. Entendí por fin qué quieren decir cuando hablan de la novela policíaca como una forma de restitución del orden y hasta entendí casi el escándalo metafísico que le celebran, porque en ella, a diferencia de lo que pasa en (la) realidad, SÍ hay respuestas. Y, así, si la narración verdaderamente realista existiera nada se resolvería, todo se postergaría hasta el punto en que la paciencia del lector, el autor o los personajes aguantara, siendo ese el único límite, el único punto final imaginable. De proponerse la novela que careciera totalmente de eventos, o que incluyera unos pocos pero fueran intrascendentes, y que, para completar y ser consecuente, estuviera escrita en el estilo más plano posible, con tal de evitar toda digresión, distracción o intromisión, con personajes que llenaran páginas y páginas contando los mismos chistes y chismes que han contando toda su vida sin llegar a profundizar o a entender (porque no habría razón, mucho menos obligación de hacerlo) ninguno de los asuntos que les han correspondido, ¿la soportaríamos? Es decir, dejando de lado el mérito posible de crear un sucedáneo equiparable de la vida, que no se limitara a la simple trascripción, ¿podríamos interesarnos en él?
Conozco a alguien que prefiere claramente su vida en Second Life a esta que tenemos en común. Está orgullosa (muchísimo) de ser quien es y como es (allí), y puede, incluso, admitir sin vergüenza una nacionalidad; recorre un mundo por estrenar, una fascinación que pocos en la historia han podido disfrutar, y conoce gente que no sabe nada de ella, así como ella, por reciprocidad, tal vez por equilibrio, no llega a saber nada de ellos. Me cuenta que su equipo no soporta un buen sonido y que una vez estuvo sentada, más o menos durante una hora, en un concierto que no escuchaba, aplaudiendo cuando veía a los demás aplaudir, sólo porque no quería admitir o permitir que alguien se enterara de cómo eran las cosas. Otros volarán o asaltarán el banco que siempre han querido asaltar, conquistarán las mujeres que nunca han podido conquistar e ignorarán en persona los idiomas que no se aprendieron. Pero, como veo yo las cosas, es una vida sin eventos, sólo otra vida sin eventos: el origen de más anécdotas y más historias, pero sin llegar a ser ni las unas ni las otras. No me refiero a que no se haga nada, no se sea nadie o no se conozca a nadie: no puedo negar tampoco la existencia de la aventura en la vida de los demás por el simple hecho de que la mía ha prescindido de ella. Se trata del inevitable ejercicio de replicar (en el sentido original, es decir, de doblar un doblez) la vida, y ya. Estamos en presencia de otra de las formas que nos hemos ideado (ya gané yo mérito gratis) para expandir la existencia y hasta la imaginación, y a ese nuevo continente llevamos nuestra falta de conclusiones y resoluciones, aunque con el consuelo correspondiente de cesar una historia apagando un interruptor o dando definitivamente la espalda a una identidad que da la espalda a otra identidad. ¿Acaso no nos basta una sola vida para llenarla de nada? ¿Un solo “cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada”?
Y aún así, allí estamos. O bueno, están (pienso quedarme atrás escribiendo cartas). Jugando el juego de acumular vidas, buscando, de pronto, en una de ellas el principio o el fin de la otra, la resolución de los misterios y la restitución del orden. Tal vez el afán de la literatura por acertar con eso que llamó la novela total no era ningún delirio de demiurgo por abarcarlo todo, saberlo todo y controlarlo todo, sino el presentimiento de que, en caso de fallar, cruzaría los límites de la trivialidad y la obsolescencia. Tal vez, en comparación con lo que pasa en un libro, donde a pesar de la falta de evidencias todo está en función de lo demás y los acontecimientos se alegran yendo de A a B como única justificación, nuestras vidas se parezcan más a la inmortalidad, o a la eternidad, en lo indiferentes, inciertas, inasibles.
Así son nuestras historias de este lado del papel. Entendí por fin qué quieren decir cuando hablan de la novela policíaca como una forma de restitución del orden y hasta entendí casi el escándalo metafísico que le celebran, porque en ella, a diferencia de lo que pasa en (la) realidad, SÍ hay respuestas. Y, así, si la narración verdaderamente realista existiera nada se resolvería, todo se postergaría hasta el punto en que la paciencia del lector, el autor o los personajes aguantara, siendo ese el único límite, el único punto final imaginable. De proponerse la novela que careciera totalmente de eventos, o que incluyera unos pocos pero fueran intrascendentes, y que, para completar y ser consecuente, estuviera escrita en el estilo más plano posible, con tal de evitar toda digresión, distracción o intromisión, con personajes que llenaran páginas y páginas contando los mismos chistes y chismes que han contando toda su vida sin llegar a profundizar o a entender (porque no habría razón, mucho menos obligación de hacerlo) ninguno de los asuntos que les han correspondido, ¿la soportaríamos? Es decir, dejando de lado el mérito posible de crear un sucedáneo equiparable de la vida, que no se limitara a la simple trascripción, ¿podríamos interesarnos en él?
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Conozco a alguien que prefiere claramente su vida en Second Life a esta que tenemos en común. Está orgullosa (muchísimo) de ser quien es y como es (allí), y puede, incluso, admitir sin vergüenza una nacionalidad; recorre un mundo por estrenar, una fascinación que pocos en la historia han podido disfrutar, y conoce gente que no sabe nada de ella, así como ella, por reciprocidad, tal vez por equilibrio, no llega a saber nada de ellos. Me cuenta que su equipo no soporta un buen sonido y que una vez estuvo sentada, más o menos durante una hora, en un concierto que no escuchaba, aplaudiendo cuando veía a los demás aplaudir, sólo porque no quería admitir o permitir que alguien se enterara de cómo eran las cosas. Otros volarán o asaltarán el banco que siempre han querido asaltar, conquistarán las mujeres que nunca han podido conquistar e ignorarán en persona los idiomas que no se aprendieron. Pero, como veo yo las cosas, es una vida sin eventos, sólo otra vida sin eventos: el origen de más anécdotas y más historias, pero sin llegar a ser ni las unas ni las otras. No me refiero a que no se haga nada, no se sea nadie o no se conozca a nadie: no puedo negar tampoco la existencia de la aventura en la vida de los demás por el simple hecho de que la mía ha prescindido de ella. Se trata del inevitable ejercicio de replicar (en el sentido original, es decir, de doblar un doblez) la vida, y ya. Estamos en presencia de otra de las formas que nos hemos ideado (ya gané yo mérito gratis) para expandir la existencia y hasta la imaginación, y a ese nuevo continente llevamos nuestra falta de conclusiones y resoluciones, aunque con el consuelo correspondiente de cesar una historia apagando un interruptor o dando definitivamente la espalda a una identidad que da la espalda a otra identidad. ¿Acaso no nos basta una sola vida para llenarla de nada? ¿Un solo “cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada”?
Y aún así, allí estamos. O bueno, están (pienso quedarme atrás escribiendo cartas). Jugando el juego de acumular vidas, buscando, de pronto, en una de ellas el principio o el fin de la otra, la resolución de los misterios y la restitución del orden. Tal vez el afán de la literatura por acertar con eso que llamó la novela total no era ningún delirio de demiurgo por abarcarlo todo, saberlo todo y controlarlo todo, sino el presentimiento de que, en caso de fallar, cruzaría los límites de la trivialidad y la obsolescencia. Tal vez, en comparación con lo que pasa en un libro, donde a pesar de la falta de evidencias todo está en función de lo demás y los acontecimientos se alegran yendo de A a B como única justificación, nuestras vidas se parezcan más a la inmortalidad, o a la eternidad, en lo indiferentes, inciertas, inasibles.
jueves, marzo 19, 2009
Gira y da vueltas
[Hace muchos años (1998), cuando estaba como en segundo semestre, vi una materia que se llamaba Simbólica y Literatura. Para el trabajo final debíamos escoger un símbolo y hacer una investigación sobre él. Yo escogí la espiral, no recuerdo por qué. Tampoco me acordaba de qué había hecho entonces, hasta que me topé con una carpeta de archivos viejos. Esta es parte del trabajo que presenté; quedan faltando unos fragmentos y unos dibujos, además de un cuento de cuya autoría no quiero responsabilizarme.]
Los árboles crecen en espiral. Nosotros no lo notamos y a ellos no les importa.
La espiral se ha vuelto figura repetitiva para decorar, y más si se le endilga forma de planta. De esa manera se unen y representan el crecimiento, más lo que sea que la planta nos quiera decir. Vemos espirales fitoformes en las columnas dóricas, en los relieves y los mosaicos romanos, en algunos mosaicos árabes de cúpulas de mezquita, en cerámica, en relieves de templos hindúes, y los etcéteras que se quieran. La forma favorita tal vez sea el acanto, planta que juega a hacerse la interesante representando la belleza con espinas, ninfa que era, transformada por Apolo.
La espiral del báculo obispal simboliza la fuerza creadora.
Cuando la espiral se acompleja se puede volver laberinto. Por eso es que hay que quererla. Laberinto significa, en griego, perderse. Cuando esto ocurre se convierte en el resguardo del centro al cual hay que llegar. Si se tiene la suerte de toparse con imágenes de laberintos que estén acompañadas de figuras humanas se verá que siempre están afuera, o si acaso en la entrada.
Originalmente los laberintos tienen una sola ruta, después es que se complican, al convertirse en trampas. Eso puede pasar porque en el centro espere una sorpresa desagradable…
O porque alguna intención oscura se encarga de convertirlo en una forma de hacer caer a los demás.
La espiral es el universo creado en evolución…
O la galaxia en expansión.
Es también el hálito vital, el soplo creador. Para los griegos, si giraba hacia la derecha tenía un carácter creador y se le atribuía a Palas Atenea. Si giraba hacia la izquierda su carácter era destructivo y se la endilgaban a Poseidón.
Considerando su crecimiento y desarrollo vertiginosos, no estaría de más otorgar a la espiral una familiaridad con lo difícilmente definible.
En la naturaleza las hay centrífugas, como el huracán o las galaxias, centrípetas como el remolino (recordemos a Poe) y estáticas, como el caracol, o el fósil de algún molusco similar, que para el caso es lo mismo.
A las espirales crecientes (las centrífugas) se les considera positivas y solares. Las decrecientes (centrípetas) y las petrificadas (estáticas), lunares y negativas.
También se pueden mirar dependiendo de su ubicación: pueden ser centrales (ej. el laberinto o el remolino) si giran sobre un centro quieto, y terminales (ej. la cola de la serpiente), si se presentan al final de una línea, como continuación o conclusión de esta. Las primeras representan lo cambiante inmutable. Las segundas lo que puede comenzar a ser o que además es.
Como sea, la espiral es el símbolo perfecto del cambio y la evolución. Vuelve a comenzar, ya no es igual, y así. No hay mayor misterio.
Los árboles crecen en espiral. Nosotros no lo notamos y a ellos no les importa.
La espiral se ha vuelto figura repetitiva para decorar, y más si se le endilga forma de planta. De esa manera se unen y representan el crecimiento, más lo que sea que la planta nos quiera decir. Vemos espirales fitoformes en las columnas dóricas, en los relieves y los mosaicos romanos, en algunos mosaicos árabes de cúpulas de mezquita, en cerámica, en relieves de templos hindúes, y los etcéteras que se quieran. La forma favorita tal vez sea el acanto, planta que juega a hacerse la interesante representando la belleza con espinas, ninfa que era, transformada por Apolo.
La espiral del báculo obispal simboliza la fuerza creadora.
Cuando la espiral se acompleja se puede volver laberinto. Por eso es que hay que quererla. Laberinto significa, en griego, perderse. Cuando esto ocurre se convierte en el resguardo del centro al cual hay que llegar. Si se tiene la suerte de toparse con imágenes de laberintos que estén acompañadas de figuras humanas se verá que siempre están afuera, o si acaso en la entrada.
Originalmente los laberintos tienen una sola ruta, después es que se complican, al convertirse en trampas. Eso puede pasar porque en el centro espere una sorpresa desagradable…
O porque alguna intención oscura se encarga de convertirlo en una forma de hacer caer a los demás.
La espiral es el universo creado en evolución…
O la galaxia en expansión.
Es también el hálito vital, el soplo creador. Para los griegos, si giraba hacia la derecha tenía un carácter creador y se le atribuía a Palas Atenea. Si giraba hacia la izquierda su carácter era destructivo y se la endilgaban a Poseidón.
Considerando su crecimiento y desarrollo vertiginosos, no estaría de más otorgar a la espiral una familiaridad con lo difícilmente definible.
En la naturaleza las hay centrífugas, como el huracán o las galaxias, centrípetas como el remolino (recordemos a Poe) y estáticas, como el caracol, o el fósil de algún molusco similar, que para el caso es lo mismo.
A las espirales crecientes (las centrífugas) se les considera positivas y solares. Las decrecientes (centrípetas) y las petrificadas (estáticas), lunares y negativas.
También se pueden mirar dependiendo de su ubicación: pueden ser centrales (ej. el laberinto o el remolino) si giran sobre un centro quieto, y terminales (ej. la cola de la serpiente), si se presentan al final de una línea, como continuación o conclusión de esta. Las primeras representan lo cambiante inmutable. Las segundas lo que puede comenzar a ser o que además es.
Como sea, la espiral es el símbolo perfecto del cambio y la evolución. Vuelve a comenzar, ya no es igual, y así. No hay mayor misterio.
domingo, febrero 15, 2009
Shit Happens
Esta semana he tenido alergia, no sé a qué, pero tengo casi todo el cuerpo brotado. El jueves mordí una piedra en el almuerzo y ahora tengo dos dientes más desportillados. El viernes tenía que comprar pan, galletas y papel higiénico. Había 12 rollos a $14.950 pero sólo tenía $16.000 para todo. Llevé un paquete de 4 rollos que, después de pagar, resultó que valía $8.550. ¿Tiene sentido? (La economía debería recurrir a otra cosa distinta a las matemáticas.) Así las cosas, no sé si sentirme una mierda sea un lujo.
viernes, enero 02, 2009
El mar, el mar
Lo primero que piensa es que todas las playas son iguales y que, por extensión, todos los náufragos lo son. El sol ya lo ha secado y el hambre todavía no lo reclama, así que se queda sentado mirando hacia el mar, del que acaba de salir, como la cosa extraña que es, el monstruo de piel brillante y entrañas oscuras que estuvo a punto de tragárselo. Le parece imposible haber llegado a través de eso; siente un escalofrío más grande que él mismo, algo antiguo que es la comprensión pura de una cosa que no llega a imaginar. Sin descifrarlo, se acuesta sobre la arena, cierra los ojos y duerme.
Sueña con una llegada a una playa. La figura sobre la arena es una persona pero es también una letra. Es el mar quien escribe. La persona es él y no es. Entiende, o cree entender, que cada movimiento del náufrago (la persona del sueño que él puede ver desde algún lugar distante) es una nueva letra, pero no conoce el alfabeto y las palabras se desvanecen antes que la sensación del entendimiento. Su piel tiene el color de la arena y cuando mira sus manos, que son las mismas del náufrago y le sirven igualmente para arrastrarse sin fuerza por la playa, alejándose del mar, se da cuenta de que son de arena, que está hecho de arena y que su pelo son algas, y que el sol, al secarlo, está provocando que se deshaga, lo está matando.
Sueña con una llegada a una playa. La figura sobre la arena es una persona pero es también una letra. Es el mar quien escribe. La persona es él y no es. Entiende, o cree entender, que cada movimiento del náufrago (la persona del sueño que él puede ver desde algún lugar distante) es una nueva letra, pero no conoce el alfabeto y las palabras se desvanecen antes que la sensación del entendimiento. Su piel tiene el color de la arena y cuando mira sus manos, que son las mismas del náufrago y le sirven igualmente para arrastrarse sin fuerza por la playa, alejándose del mar, se da cuenta de que son de arena, que está hecho de arena y que su pelo son algas, y que el sol, al secarlo, está provocando que se deshaga, lo está matando.
miércoles, diciembre 24, 2008
martes, diciembre 23, 2008
I Love the Smell of Mornings in the Morning
Por alguna razón los olores de los últimos días me recuerdan los mismos días de hace muchos años. Tal vez sea la expectativa del viaje, la idea de que voy a volver a tener vacaciones en la forma en que las conocí por muy poco tiempo cuando era niño, ensardinado por horas en un bus o un carro mientras afuera el paisaje cambiaba hasta convertirse en otra cosa, la superficie de otro planeta que se me metía por la nariz.
Tal vez sea la fecha. Pero no creo, porque en ese caso sería cosa que se repite cada año y algo que tiene en esta ocasión es una mezcla de descubrimiento y déjà vu por volver a abrir, sin querer, sin darme cuenta, la caja de cachivaches, la mesa de noche. (Esperen una taxonomía de las sensaciones que produce abrir una mesita de noche.) Este año, en cambio, ni las luces de navidad pudieron emocionarme, de tan solar que estoy.
El sol, los charcos, las cobijas al levantarme, los ruidos de la calle, el paso de los buses, todos huelen a paseos por Ibagué o Santa Marta o Bucaramanga o Cali. Es un mundo húmedo, nítido, tan elemental como un piscinazo, donde el pan sigue estando a una cuadra o dos y sigue valiendo lo mismo, pero sabe totalmente diferente. Los días, como cualquier vida, están llenos, aunque sea de desespero por el ocio. Todo zumba, todo está vivo e inquieto. Así, en medio de una hiperestesia febril, me imagino que debería terminar el mundo.
Tal vez sea la fecha. Pero no creo, porque en ese caso sería cosa que se repite cada año y algo que tiene en esta ocasión es una mezcla de descubrimiento y déjà vu por volver a abrir, sin querer, sin darme cuenta, la caja de cachivaches, la mesa de noche. (Esperen una taxonomía de las sensaciones que produce abrir una mesita de noche.) Este año, en cambio, ni las luces de navidad pudieron emocionarme, de tan solar que estoy.
El sol, los charcos, las cobijas al levantarme, los ruidos de la calle, el paso de los buses, todos huelen a paseos por Ibagué o Santa Marta o Bucaramanga o Cali. Es un mundo húmedo, nítido, tan elemental como un piscinazo, donde el pan sigue estando a una cuadra o dos y sigue valiendo lo mismo, pero sabe totalmente diferente. Los días, como cualquier vida, están llenos, aunque sea de desespero por el ocio. Todo zumba, todo está vivo e inquieto. Así, en medio de una hiperestesia febril, me imagino que debería terminar el mundo.
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