En la puerta de la casa del viudo una matera con una violeta le paga a un gato aburrido para que la remplace. El gato se sienta a recibir el sol que le corresponde a la violeta y se va volviendo verde, mientras otras materas copian la idea; un perro y una susanita conjugados se hacen pasar por rosal, y el jardín entero parece un sueño afiebrado.
[Nadie sabe qué camino cogen todas las materas y sus matas. Alguien especula que hacen turnos en jardines extraños, para conseguir con qué pagar.]
*
Parece que la culpa es de la nostalgia
por unas manos que lo contengan
de desmoronarse en hojas marchitas
y aureolas de tierra reseca
sobre las baldosas
[como órbitas sin planetas]
como un icono habitado
por santos ausentes.
*
Hay un jardín abandonado
en la casa del viudo
que se desmorona y se deshoja.
*
Un camino de hormigas
llega hasta el castillo de las moscas
que también es una golondrina muerta.
*
Hay un jardín deshabitado en una casa abandonada
los dos compiten por olvidar
toda semejanza y apariencia.
martes, mayo 06, 2008
miércoles, abril 23, 2008
109
«Tal vez las palabras que en distintas ocasiones, y a lo largo de cincuenta años de componer prosas, junté y luego eliminé han llegado a conformar en el Reino de los Rechazos (un país nebuloso pero no tan improbable, al norte de ningún lugar) una enorme biblioteca de frases descartadas, cuya única característica y acuerdo es carecer de la bendición que da la inspiración.»
—Vladimir Nabokov, "Inspiration"
lunes, abril 21, 2008
La mujer que afinaba cellos
Casi no me acuerdo de su cara, y eso que tuve todas las oportunidades, ángulos, distancias y distracciones para verla, faltándome sólo desde adentro.
Esta es una lista de algunas cosas que recuerdo de ella, o sea, esta es ella para mí tal como ahora puede ser:
El gorro de lana que tenía el primer día que la ví (durante el cual no fue más que la niña del gorro).
El cabello verde que nunca supe que se cortara o peinara (quería parecer un árbol).
Unos pies pequeñitos.
Unos fragmentos de voz.
Algunas palabras (por alguna razón no puedo hacer que la voz y las palabras se conjuguen en un recuerdo).
Un cuarto lleno de gatos (cinco en realidad, pero no se necesitan más para llenar un cuarto pequeño).
Un cello en el clóset.
La nieve.
Pensándolo hoy, es muy rara la manera en que construimos nuestros propios mostros con despojos de memoria y eso nos basta para quererlos.
Esta es una lista de algunas cosas que recuerdo de ella, o sea, esta es ella para mí tal como ahora puede ser:
El gorro de lana que tenía el primer día que la ví (durante el cual no fue más que la niña del gorro).
El cabello verde que nunca supe que se cortara o peinara (quería parecer un árbol).
Unos pies pequeñitos.
Unos fragmentos de voz.
Algunas palabras (por alguna razón no puedo hacer que la voz y las palabras se conjuguen en un recuerdo).
Un cuarto lleno de gatos (cinco en realidad, pero no se necesitan más para llenar un cuarto pequeño).
Un cello en el clóset.
La nieve.
Pensándolo hoy, es muy rara la manera en que construimos nuestros propios mostros con despojos de memoria y eso nos basta para quererlos.
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viernes, abril 18, 2008
Ascending
Hay escalera. Hay una escalera, y sube (para mí). Es verde o parece verde o se ve. Yo la veo verde pero, cuando me fijo, ni las paredes ni el suelo y mucho menos el techo son verdes, y la puerta es lindamente café, pintada no hace mucho, esmaltada y con gotas de una mala mano. Tiene luz, es recta y alta, la escalera. No sé cuánto llevo subiéndola cuando los escalones ya son piedras apiladas cubiertas de musgo. Ahora sí es verde de veras. Llego a otra puerta. Al fin, pienso, pero no tengo ni idea de al fin qué, qué hay al otro lado, dizque arriba. Pero no es arriba. Al abrir la puerta hay un tramo como de tres escalones gordos, con piedras perezosas acomodadas con pereza, y al final otra puerta, también de madera como las de antes, pero vieja, con tablas agrisadas por el tiempo y las vetas renegridas y profundas. Subo, abro. Otros tres escalones y otra puerta. La historia comienza a repetirse a partir de allí. Es incómodo abrir las puertas porque toca retroceder para darles espacio.
jueves, abril 17, 2008
¡Barsoom!
La puerta del baño tiene las llaves colgadas de un gancho plástico. Adentro espera la mosca, encerrada desde ayer, drogada con una sobredosis del ambientador que se derrite pegado a la toma. El jefe sufre del corazón desde un susto que tuvo hace años (al parecer antes todo iba bien) y el médico le dijo que evitara todos esos perfúmenes que podían alterarle la tensión. Siendo parte de una generación educada con mano algo fuerte tal vez habría sido mejor que el médico no le dijera sino que le ordenara, buena forma de que la receta se fije en la memoria y no se resbale contra una superficie encallecida por el tiempo y el orgullo de macho. Aunque cabe la posibilidad de que no sea cuestión de olvido y todas las mañanas, recordando la tristeza que por una razón u otra no ha podido perder en los últimos veinte años, entre al baño a respirar hondo frente al espejo salpicado, sintiendo cómo la sangre sube a su cabeza a la par que la lavanda reconcentrada traza el arbolito bocabajo de sus pulmones, queriendo morirse sin llorar y sin ser visto, sólo extrañado, mientras la mosca lo mira atontada. Más tarde, igual de tonta, me mira. Si quisiera podría aplastarla, así de lenta está. En cambio la dejo salir para que se dé en la cabeza contra el vidrio que divide la oficina, el que tiene el letrero dorado de GERENCIA. Mientras trabajo, presiono una letra por cada golpe con que ella insiste. Tal vez necesite todo el enjambre si alguna vez aspiro a una novela. Tal vez los campos de lavanda no tienen nada que ver con el jefe sino que vienen por mí y mientras tanto se ejercitan con bichos más pequeños, dejándome acumular mareo en los oídos y la nariz, sólo por estar a dos metros del baño. Cuando decido salir a respirar, así sea para disipar las malas paranoias, me doy de frente contra la puerta de vidrio, más rápido o más lento que yo mismo y naufragando en descoordinación, dándome tiempo de ver al búho blanco y negro de cerámica que vigila la entrada cuando estira el cuello, que no creí que tuviera, y se traga de un solo estirón a la mosca en el momento en que la pobre planea escapar aprovechando mi salida. Antes de morir alcanza a gritar: “¡Barsoom!"
jueves, noviembre 22, 2007
'Piedad: Nos echaron'
Junto a la torpeza ruidosa de Chávez cualquiera se ve bien. Son tiempos muy convenientes para ser el presidente del país de al lado.
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martes, noviembre 20, 2007
5:15
Toda mi vida ha sido vivida por otra persona, en otra parte. La siento irse, hacerse cada vez más tenue; no voy a preguntar.
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