miércoles, septiembre 24, 2008

Ghostwriting


«La vez que fui a Bogotá» por Brad Pitt

Me soñaba sudando bajo la luz verde de plátanos y palmas, rodeado de ventiladores y jugando con el hielo en el vaso. De vez en cuando manoteaba para espantar a las moscas que querían mi comida y los mosquitos que me querían a mí. Antes de que anocheciera salía a caminar para aprovechar la indecisión del clima entre el bochorno del día y el fresco que se acerca, y recorría calles atestadas de nativos ociosos que se saludaban y enamoraban con pereza, como por tener algo que hacer mientras el alcohol surtía efecto y llegaba la hora de escabullirse hacia moteles, callejones, solares. El aire olía a una mezcla de sudor y frutas podridas. De pronto algo se movía por el borde de un alero bajito. Un gato, pensaba, pero al mirar hacia las tejas de barro cubiertas de maleza veía caer una iguana, bajada de una pedrada por un niño mueco y descalzo.

sábado, septiembre 06, 2008

Javier

Cuando lo veo a lo lejos, hablando con un grupo de personas, me pongo nervioso y dudo de saludarlo o no, pero por fin me decido y al acercarme ya está solo y recibe mi abrazo sin molestarse, aunque eso no me quita el nerviosismo. Después de intercambiar cortesías hay un silencio incómodo en el que pienso qué decir que no suene tan estúpido y que sirva para iniciar una conversación en la que por fin se de cuenta de que, a pesar de todo, no soy tan tonto y sí aprendí mucho de él: que no estaba tan ausente y distraido como podía haber parecido hace ocho o diez años. La persona a mi lado dice algo que no recuerdo. Lo veo responder y en ese momento me viene a la memoria un descubrimiento no tan reciente que, supongo, le puede interesar.

—¿Si se ha dado cuenta, le digo, que el mundo, las cosas en el mundo se mueven siempre con alguna música, que si uno pone algo o escucha algo, y se fija bien, se puede ver que todo se mueve a la par con esa música?

Dice que sí, pero su mirada no tiene problemas en conjugar la decepción con la sorpresa. Así sé que piensa que soy un pobre descubridor de nada y, a la vez, que eso es más de lo que esperaba de mí. Nunca voy a poder demostrarle nada, pienso, porque no tengo nada para demostrar.

Hay una elipsis. Otro grupo de personas, más grande que el primero, lo rodea. Yo estoy allí y todos lo escuchamos; algunos participan y yo mismo lo hago de vez en cuando. La admiración colectiva y la bulla me disimulan. El tema, creo, es el romanticismo alemán o la poesía japonesa, o los dos como uno solo. De pronto alguien se me acerca y dice, o no, algo que llama mi atención y cuando me doy cuenta me levanto y me voy, mientras él me mira como tantas otras veces, como siempre, y entiendo que volví a hacer lo mismo: no hay cambio para mí.

martes, julio 22, 2008

La tercera carta

Una vez, por curiosidad, por ocio, sembró frente a la casa un buzón. Una semana después recibió la primera carta. El sobre tenía una estampilla ilegible con un mapamundi que debió haber mirado con más cuidado. No tenía remitente. Adentro venía una sola hoja, casi en blanco, con una firma negrísima al final. Trató de descifrarla en todos los ángulos y sólo identificó una equis en medio de líneas gordianas. Se sintió tentada de escribir en el papel en blanco, pero al no poder resolver la firma no fue capaz de inventar nada en nombre de un nombre que no entendía. La guardó en el cofre que ya tenía listo para eso.

Dos días estuvo dándole vueltas a la idea de responder, enredándola en un esfero que giraba a la altura de su oreja sin decidirse a bajar al papel. Si alguien que no estaba la hubiera visto habría pensado que anunciaba a solas que algo dentro de su cabeza no funcionaba. Cuando la idea estuvo bien apretada alrededor del esfero y no fue posible darle más vueltas salió a caminar. No se dio cuenta de que el esfero se retorcía solo sobre el escritorio a medida que la idea recobraba su forma.

La segunda carta llegó al final de esa semana. La firma era la misma, pero esta vez creyó ver una be mayúscula un poco antes de la equis. La mayor parte seguía en blanco; ahora había un saludo: Mi amor:. La letra era clara y la tinta la misma de la firma, sin embargo no pudo identificar letras comunes entre los dos y se sintió aburrida. Dedicó algo menos de media hora al juego de descifrar y finalmente guardó la carta en el cofre.

Al abrir el buzón en la tercera semana (por reflejo, por impaciencia) encontró el tercer sobre, pero no la tercera carta. Después de abrirlo, viéndolo vacío y roto, se sintió violenta, desesperada. Pensó que le habría gustado guardarlo intacto, de haber sabido: como si la nada que traía se hubiera escapado y por eso ella se perdiera de un portento que habría podido postergar encerrándolo en el cofre. Pero el cuarto sobre y el quinto aniquilaron el portento. A partir de allí los guardó cerrados, después de revisarlos a contraluz, y fue con el séptimo que se dio cuenta de que todos eran el mismo. Su nombre y su dirección, el timbre sobre la estampilla, el golpe en la esquina, todo estaba exactamente en la misma posición. Se ensalivó el pulgar de un lengüetazo y lo pasó por las letras del sexto sobre. La tinta se extendió con la forma de un ala.

El octavo sobre traía un rectángulo oscuro y pequeño dentro. La luz no lo atravesaba y al doblarlo cedía como si también fuera papel. Su silueta se deslizaba por el fondo del sobre, de una esquina a otra, mientras lo columpiaba en el aire, decidiendo si abrirlo o no. El noveno traía algo más grande, tal vez una carta. El onceavo otro sobre.

Cansada, se tomó un café cargado y se sentó a escribir una respuesta. Le tomó tres días y llenó tres páginas. Al final la firmó con letra clara, como un desafío. Puso la carta detrás de las otras, en el cofre, y el cofre cerrado dentro del buzón.

Había pensado robarse un gato. Al menos era algo que podía verse bien, dormido encima del buzón.

lunes, julio 14, 2008

Fragmentos huérfanos

Un gato, gris y gordo como una nube, pasa corriendo y se esconde debajo de un carro. Mi vida en los últimos días se ha convertido en una sucesión de aleros: techos incompletos, vulnerabilidades a medias. Cuando comienza a llover el gato llora y por un momento me parece que la lluvia cambió de voz. Un minuto después, cuando las gotas limpian el aire, definiendo las cosas, y todos los colores se avivan y brillan, su murmullo estruendoso acalla mis imaginaciones. Sólo alcanzo a preguntarme cuál podrá ser el color verdadero del gato si estuviera bajo la lluvia, y de pronto ya no sé qué estaba pensando. Todo está quieto. Incluso los carros que pasan por la esquina parecen como si lo estuvieran haciendo para siempre. Todo es absoluto. Puedo estirar el brazo y toparme con una verdad, así no más, agarrarla en las manos y mirarla despacio, con paciencia y casi con sabiduría, cualquier cosa; todo comparte ese carácter. La sensación es de opresión y vértigo a la vez. Justo aquí, justo en este momento la capa de polvo que recubre al mundo cae y descifra sin querer las respuestas de miles de preguntas que todavía no se han hecho, y sólo estoy yo. O ni siquiera. El observador de este instante puede estar en cualquier otro lugar, y yo no soy más que una de las cifras necesarias.

*

Sueño con un cielo demasiado grande y de un azul inverosímil. Las nubes son blancas, a veces grises. Me angustia su movimiento, sus bordes indefinidos pero perfectos, la sensación de vacío del conjunto. Cuando bajo los ojos estoy en un patio grande, con un piso tieso y seco resquebrajado por relámpagos de pasto. Las paredes están muy lejos, y los techos que sostienen son muy bajos. Todo es exagerado, todo está al revés. Pero hay también un placer extraño en eso: el cosquilleo del vértigo, sobre todo, con algo más, algo que es casi tangible en el sueño pero que de este lado sólo es comparable a un sentimiento. Como si la felicidad hubiera encontrado un lugar preciso en mi pecho y al moverse sintiera su forma de mostro, sus espinas, sus miles de patas y uñas.
*

Me imagino ahora que me encorvaba sobre el cuaderno como un avaro y me hacía cada vez más miope. Pero entonces sólo pensaba en el movimiento sobre la hoja, las formas y los colores, aunque ninguno fuera mío, y transcribía los dibujos que me encontraba o me ponían en frente, rodeado por curiosos, admiradores y envidiosos. Tenía su atención y eso, a veces más que el mismo dibujo, era lo único que veía. Hoy sólo me queda suponer y me veo desde fuera, como en un sueño o como si hubiera muerto, y desde arriba, porque soy tan alto, porque era tan pequeño. Era tan pequeño. El espacio debajo de mi cama era un lugar posible. Cabía en una silla de juguete con un pupitre de juguete y me sentía fuerte por poder levantarlos. Me fatigaba atravesando a la carrera un patio que hoy me cabe en la palma de la memoria. Corría espantado y gritón por la calle, perseguido por un perro enano y feísimo. Montaba en una bicicleta que tenía la silla en el tope más bajo. Me dormía en el carro y me despertaba en la cama, sin el recuerdo de haber tenido que tocar el piso.

sábado, mayo 24, 2008

Tres gatos en una manzana

Un gato es un preámbulo indefinido a una arremetida, un mordisco y un arañazo. Los pájaros y otros bichitos tienen la mala suerte de enterarse con cierta frecuencia del caso, pero muchos (bichos o no) nos quedamos solamente con el anuncio, el título más largo o más suficiente para una historia. Este no soy yo, dice el gato con los ojos medio cerrados, mejor no averigüe.

*

A la indiferencia le gusta disfrazarse de cuando en vez de paciencia y para eso se pone, como si fuera un guante, la forma de un gato. Se sienta entonces a ejercerse, a aparentar que no hace nada cuando la verdad es que no le importa, y al primer engañado le revela que no es lo que parece, pero no le revela lo que es.

*

El viento ayuda a deshojar un árbol que una enfermedad paciente está dejando sin verde, con las ramas vestidas a medias. En la esquina amarilla alguien pintó de un plantillazo en la pared un gato negro parado junto a la caja de teléfonos. Cuando las hojas del suelo se mueven para abrirles paso a las bolsas plásticas, gordas de viento, el gato sacude las orejas y corre a esconderse.

martes, mayo 06, 2008

Primeras imágenes del jardín

En la puerta de la casa del viudo una matera con una violeta le paga a un gato aburrido para que la remplace. El gato se sienta a recibir el sol que le corresponde a la violeta y se va volviendo verde, mientras otras materas copian la idea; un perro y una susanita conjugados se hacen pasar por rosal, y el jardín entero parece un sueño afiebrado.
[Nadie sabe qué camino cogen todas las materas y sus matas. Alguien especula que hacen turnos en jardines extraños, para conseguir con qué pagar.]

*

Parece que la culpa es de la nostalgia
por unas manos que lo contengan
de desmoronarse en hojas marchitas
y aureolas de tierra reseca
sobre las baldosas
[como órbitas sin planetas]
como un icono habitado
por santos ausentes.

*

Hay un jardín abandonado
en la casa del viudo
que se desmorona y se deshoja.

*

Un camino de hormigas
llega hasta el castillo de las moscas
que también es una golondrina muerta.

*

Hay un jardín deshabitado en una casa abandonada
los dos compiten por olvidar
toda semejanza y apariencia.

miércoles, abril 23, 2008

109

«Tal vez las palabras que en distintas ocasiones, y a lo largo de cincuenta años de componer prosas, junté y luego eliminé han llegado a conformar en el Reino de los Rechazos (un país nebuloso pero no tan improbable, al norte de ningún lugar) una enorme biblioteca de frases descartadas, cuya única característica y acuerdo es carecer de la bendición que da la inspiración.»

—Vladimir Nabokov, "Inspiration"