miércoles, junio 03, 2009

Javier González (1955-2009)

Finalmente la enfermedad se lo ganó. Lo bueno, permítanme la impertinencia, es que aunque la enfermedad se lo ganó no se lo va a quedar. En eso perdió la carrera la muy; a donde sea que se haya ido ya no lo va a alcanzar.

Nunca le pude dar un abrazo. Sé (supongo) que no era la clase de persona que los recibe con mucho gusto, y sólo lo recuerdo sonriéndome a la salida de mi primera exposición en la primera de sus clases que tomé y (de pronto, no estoy tan seguro de esta) la vez que, por alguna razón que no me queda muy Clara, digo, clara, intentamos celebrarle el cumpleaños en un bailadero de a peso del que salió huyendo sin despedirse de nadie. No lo recuerdo bailando. Pero lo recuerdo queriendo pegarme por las notas pseudosuicidas que escribía en mis parciales, cuando no había leído el libro del que trataba todo, o diciendo "Qué horror" después de mi "exposición" sobre Los cantos de Maldoror, no precisamente por Maldoror. Tampoco se me olvida que, a pesar de eso, la clase que dio a continuación repetía muchas de las cosas que yo acababa de decir.

Por fortuna no me la hizo, pero lo ví adivinarle la vida a más de una persona y salir con un comentario al respecto tan abrupto como acertado. Era una mezcla extraña e intensa de carisma e intimidación, aunque creo que lo primero a pesar suyo, más bien porque era algo que venía inevitablemente con la calidad de buen profesor. Tenía un genio de mierda y enseñaba como con indiferencia y resignación. Sólo lo vi entusiasmado al final, quiero decir, la última vez que tuve una clase con él, que fue hace mucho, festejando la presencia de Sasha. Espero que haya tenido más momentos como ese, en los que haya podido ver justificada esa parte de su trabajo.

Una mañana, antes de una clase, se me acercó y me pidió plata prestada. Le habían robado el carro el fin de semana y en ese momento no tenía suelto con qué pagar el taxi. Me invitó a tomar un tinto para cambiar un billete y devolverme la plata, y nos quedamos los dos callados, con el tinto en las manos, evitando mirarnos. Creo que fue la única vez que estuvimos solos.

No lo conocí, no lo entendí, no le puse atención a sus clases y lo admiré. ¿Cómo puedo honrar su memoria si ni siquiera puedo salir de la mía? No sé nada de su vida que fuera suyo, que no tenga que ver conmigo o en lo que no haya estado yo presente. ¿Quién era la persona de cara dura y bastón que pasaba sola todas las tardes por la playita? ¿Qué música escuchaba, qué hacía antes de quedarse dormido, qué hacía cuando leía (¿tomaba notas, subrayaba, tenía alguna hora favorita?), qué hacía cuando estaba triste? ¿Qué pasaba por su cabeza cuando no pensaba en poesía, qué sintió cuando viajó al Japón y pudo visitar los lugares en donde había estado Basho, qué veía cuando miraba por una ventana?

¿En qué se parecen, realmente, una persona y un recuerdo?